— Hola.
— Hola amor.
— Bueno, hoy ha llegado el día. Ni sabes las ganas que tengo de... Olerte, escucharte la voz, tocarte... No te haces la idea.
— Si, enserio. Yo más de lo mismo, ya sabes.
— Bueno, cómo dijimos en Plaza de España a las seis de la tarde, ya sabes. En la fuente ¿vale?
— Vale, muchos besos. Te quiero.
— Y yo, mucho mucho más nena.
Se desconectó del chat rápido, cómo hacía siempre.
Ella, estaba que saltaba de alegría. No podía creerse que ya hubiera llegado ese día. Dios, dios, dios... No para de repetir lo mismo en su interior reprimiendo sus saltos de alegría. Su sonrisa, era permanente. Sus sueños, sus ganas de que esa realidad artificial se iba a hacer real. Besos en persona, abrazos oliéndole, mirando cada uno de sus poros, de sus pensamientos, imaginado historias; un futuro por crear.
Comió la comida lo más rápido que pudo, y se dedicó toda la hora de la siesta en combinar cada uno de los modelitos que tenía en su gran armario. Al cabo de una larga hora comparando y pidiendo opinión a sus amigas, se declinó por el vestido corto que se compró en esa céntrica calle de Londres y un pequeño bolso de tachuelas. La altura de sus botas, la llevaban al cielo. Bueno, ella ya estaba en su cielo; obviando el mundo. Estaba en su mundo.
En el metro, no paraba de mirar su reflejo en el cristal de enfrente en el vagón. Solo sonreía, solo y únicamente. Contaba las estaciones con nerviosismo, miraba la hora, el móvil... Aquél traqueteo del tren, el abrir y cerrar de puertas, la megafonía, la gente que siempre miraba creando sus historias... Ese túnel se le hacía eterno.
'Próxima estación, Plaza de España'. Era el momento, era su momento. Subió por las interminables escaleras mecánicas esquivando a todo el mundo. Aprovechó el pequeño reflejo de la puerta de salida a la calle para volver a mirarse, por enésima vez. Si, estás guapa. Se repetía una y otra vez. El poco viento que soplaba ese día en Madrid levantaba un poco el vestido.
'Próxima estación, Plaza de España'. Era el momento, era su momento. Subió por las interminables escaleras mecánicas esquivando a todo el mundo. Aprovechó el pequeño reflejo de la puerta de salida a la calle para volver a mirarse, por enésima vez. Si, estás guapa. Se repetía una y otra vez. El poco viento que soplaba ese día en Madrid levantaba un poco el vestido.
Quedaban quince minutos para la hora de la cita, pero ella ya estaba sentada en el borde de aquella fuente. El salpicar de los chorros mojaba levemente su melena, perfectamente alisada el día anterior.
Miraba la hora cada medio minuto, medio segundo. Los minutos pasaban, era la hora. Se levantó, y se volvió a sentar. Decidió ir un momento al Starbucks de enfrente a por un expreso el cual llevó hasta el borde de la fuente para beberlo. Seguían pasando los minutos, los dos minutos, tres minutos, cuatro, cinco, seis... ¿Y él?
Tranquila, un pequeño retraso lo tiene cualquiera. Miró al cielo. Si, el tiempo había acertado; esa tarde iba a llover. Miró la hora, tras media hora interminable de mirar y mirar más la hora.
Miraba la hora cada medio minuto, medio segundo. Los minutos pasaban, era la hora. Se levantó, y se volvió a sentar. Decidió ir un momento al Starbucks de enfrente a por un expreso el cual llevó hasta el borde de la fuente para beberlo. Seguían pasando los minutos, los dos minutos, tres minutos, cuatro, cinco, seis... ¿Y él?
Tranquila, un pequeño retraso lo tiene cualquiera. Miró al cielo. Si, el tiempo había acertado; esa tarde iba a llover. Miró la hora, tras media hora interminable de mirar y mirar más la hora.
Estaba desesperada. Encendió el Twitter, el Whatsapp, Tuenti... todo. Le buscó... y no estaba en ningún lado. No estaba en ningún lado. Guardó el móvil al mismo tiempo que una gota asomaba por su moflete perfectamente maquillado. Quién sabe, a lo mejor nunca había estado en ningún lado. O quien sabe, que a lo mejor nunca había hablado con nadie, o con ni si quiera él. Tanto tiempo, tanto desperdicio... Se llevó las manos a la cabeza. Se despeinó, todo le daba igual. Bueno, todo no. Ella, no se daba igual. Si, había caído en un engaño. Al menos, le quedaba un cigarro por fumar al mismo tiempo que terminaba su café, llamaba a sus amigas para quedar, y empezaba a llover mojando toda su mentira.





