Se tiraba al agua como siempre de bomba. Como si fuera una
chica pequeña, ese espíritu infantil nunca ha de perderse; o eso decía ella. El
agua fría, invadía cada uno de sus poros como si millones de alfileres se
clavaran en su cuerpo a medida que su cuerpo se iba sumergiendo. Era ella, era
su río. Podía recordar cada rincón de aquel sitio, con un recuerdo. De niña,
con sus amigos, esas noches frías con sudaderas de universidades británicas, su
familia, o simplemente ella sola; buscándose o encontrándose. Disfrutaba nadar.
Meter el cuerpo rápido, adaptarse al agua helada de un río hasta en aquel mes
de Agosto y bucear. Bucear, sumergirse, sumergir sus pensamientos, sumergirse
ella misma. El agua del fondo, como de costumbre, siempre tenía unos grados de
diferencia respecto a los de la superficie. Y esos cambios de temperatura, la
hacía evadirse del Mundo. Simplemente, relajarse. Las algas, la arena, las
piedras resbaladizas, los peces, los insectos, el agua, el Sol, el viento, el
aroma a campo. Era su río; y lo prefería antes que una playa abarrotada de
familias medias españolas, y turistas cuya piel siempre se torna a color rojo.
En ese momento, no pensaba en nada. Estaba buceando unos cuantos metros por el
fondo, el cual rozaba sus pies y su tripa. De repente, se dio contra el
bordillo ¿Qué hacía allí? Al instante subió a la superficie. Cogió aire, lo
soltó; y abrió los ojos. Ah, es verdad. Podía divisar todos aquellos gigantes
bloques de apartamentos que rodeaban su piscina. Pero la daba igual.
Seguidamente, se volvió a sumergir.
La violencia es bella. Supongo que nos dan mas morbo las cosas tristes, malas, imágenes duras, inteligencia emocional, choque de emociones... Nos hacen sentir a gusto en nuestras cosas y cómodos en nuestras vidas. O nos hunden en la miseria y nos reafirman en nuestra creencia de que el mundo es una mierda.
sábado, 28 de julio de 2012
lunes, 23 de julio de 2012
Alicia Rubio.
Como era de costumbre, estaba sentada en su pupitre. Y como
también era de costumbre, estaba un poco nerviosa. Era tímida, pero cuando se
desenvolvía en su funda, era la mujer más bella del mundo en todos los
sentidos. Ese pelo moreno, ese pelo rizado, ese cuerpo; hacían de ella una
mujer de puros rasgos mediterráneos. Centrándonos en su cuerpo, tenía cuerpo de
bailarina, una bailarina de ballet que en ratos libres ensayaba haciendo puntas
en su dormitorio. Su nariz respingona, y su amplia y blanca sonrisa destacaban
en su rostro. En ese instante el profesor entraba por su pasillo de pupitres.
Con su mirada seria e inexpresiva para algunos y sonriente para otros, repartía
los exámenes entre alegrías y penas. Cada paso que el anda, era un latido más
intenso en el corazón de aquella chica. Era su turno. El profesor dejó la hoja
de aquel examen dada la vuelta, en blanco. Casi temblando la dio la vuelta.
Casi temblando se quedó al ver que al dar la vuelta a la hoja, seguía en
blanco. Estaba confusa. Repitió la acción un par de veces para asimilar que,
ese examen que había rellenado milimétricamente estaba en blanco por las dos
caras. Todavía no se lo creía. Todavía no se creía que, en ese mismo momento
estaba en su oficina. Sentada en su despacho con una nube a su alrededor basada
en dinero, e inglés. Mucho inglés. Desde aquel despacho situado en cualquier
alto piso de cualquier oficina de Madrid, o Dios sabe dónde. Pero enfrente
suya, en su pantalla de ordenador, lo que estaba en blanco era un nuevo
documento. Un documento Word. Y se titulaba, Carta de dimisión.
domingo, 22 de julio de 2012
Wellcome Home.
La rodeaban sus tres maletas, las cuales eran altas hasta el
punto que la superaban la cintura. Estaba sola, pero a su alrededor la multitud
y ese ensordecedor ruido de una ajetreada estación de metro en Londres la
envolvían en un halo invisible. Estaba sentada en el suelo, en una esquina de
los extremos del andén. Estaba en la Picadilly Line, la azul, es que une el
aeropuerto con el centro de la capital británica. Se había bajado del tren sin
motivo aparente, no sabía a que parte de la ciudad ir. Ir, y empezar una nueva
vida. Se levantó. En ese momento el andén estaba con pocas personas, y se
dirigió al mapa.
Esa ciudad superaba Madrid casi cuatro veces, o incluso cinco.
Cientos de barrios, cientos vidas, cientos de decisiones por tomar. En ese
momento clavó su mirada en Oxford Circus ¿El centro? Ni de coña, es demasiado
caro. Pero tampoco se podía permitir un barrio acomodado o de clases medias,
sus ingresos de estudiante española no la podían permitir ese tipo de lujos
ingleses. Se acordaba de ella, esos Veranos, esos amigos, esas familias, esos
recuerdos en Inglaterra y esas ganas de vivir allí de la forma que la enamoró
todo. Sacó su cartera, mierda ¡Lo tenía todo en Euros todavía! Bueno, de
momento en sus manos tenía aquel billete de metro con destino indefinido. Pero…
¿Indefinido del todo? Quién sabe.
El andén se estaba abarrotando de nuevo y tan
despistada ella, se acordó de sus maletas en la otra punta de la plataforma. La
megafonía ya anunciaba la entrada del nuevo convoy, como siempre los ingleses
dando todo detalle de todo, y para todo. Ya estaba acostumbrada, y la
fascinaba. Corría esquivando turistas, gente vestida extravagantemente (para
España), ancianos, ejecutivos… y de su boca un educado ‘excuse me’. Allí estaban
sus maletas, intactas pero con ciertas miradas de sospecha y duda clavadas en
ellas. Pero, había algo que no encajaba. Ese chico, no lo había facturado en
Barajas, pero estaba sentado al lado de sus tres maletas. Ese chico era
guapísimo. Al verla llegar, lo primero que salió de su típico rostro inglés de
ojos azules y pelo rubio fue una preciosa sonrisa y un educado:
‘Excuse me, but, where are you going to go?’
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