Como era de costumbre, estaba sentada en su pupitre. Y como
también era de costumbre, estaba un poco nerviosa. Era tímida, pero cuando se
desenvolvía en su funda, era la mujer más bella del mundo en todos los
sentidos. Ese pelo moreno, ese pelo rizado, ese cuerpo; hacían de ella una
mujer de puros rasgos mediterráneos. Centrándonos en su cuerpo, tenía cuerpo de
bailarina, una bailarina de ballet que en ratos libres ensayaba haciendo puntas
en su dormitorio. Su nariz respingona, y su amplia y blanca sonrisa destacaban
en su rostro. En ese instante el profesor entraba por su pasillo de pupitres.
Con su mirada seria e inexpresiva para algunos y sonriente para otros, repartía
los exámenes entre alegrías y penas. Cada paso que el anda, era un latido más
intenso en el corazón de aquella chica. Era su turno. El profesor dejó la hoja
de aquel examen dada la vuelta, en blanco. Casi temblando la dio la vuelta.
Casi temblando se quedó al ver que al dar la vuelta a la hoja, seguía en
blanco. Estaba confusa. Repitió la acción un par de veces para asimilar que,
ese examen que había rellenado milimétricamente estaba en blanco por las dos
caras. Todavía no se lo creía. Todavía no se creía que, en ese mismo momento
estaba en su oficina. Sentada en su despacho con una nube a su alrededor basada
en dinero, e inglés. Mucho inglés. Desde aquel despacho situado en cualquier
alto piso de cualquier oficina de Madrid, o Dios sabe dónde. Pero enfrente
suya, en su pantalla de ordenador, lo que estaba en blanco era un nuevo
documento. Un documento Word. Y se titulaba, Carta de dimisión.

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