Mi cigarro ya no me sabía a nada. Creo que de los tres paquetes que me he metido en este día, ya me he cargado medio pulmón derecho. El médico me dice que lo tengo bastante dañado del cáncer, pero me da igual. El fumar es un placer que Dios a creado y yo disfrutaré de él hasta que termine en la tumba por su culpa. Con mis labios ya secos y agrietados del frió, saqué de estos la colilla y la tiré dentro de la lata de Coca Cola que me había bebido horas atrás. La vida en La Isla siempre había sido muy muy aburrida. Tan aburrida hasta el punto de que llueve casi todos los días desde que se clausuró la única linea de ferry que nos comunicaba con tierra firme. Desde aquel día solo llega un pequeño carguero al puerto para abastecernos de víveres y caprichos consumistas para el pequeño y en bancarrota Centro Comercial. La casa estaba sucia. Creo que no la limpio desde hace tres o cuatro semanas.
En cuando pasas el dedo por mi vacía e inculta librería por lo menos tiene unos dos milímetros de polvo en tu yema del dedo. En la cocina la pirámide de platos sucios hace que ya pase e fregarlos, simplemente paso un trapo húmedo por uno de ellos y como nuevamente sobre él.
Se me están empezando a infectar todos los piercings de mi cuerpo ya que en la farmacia dijeron que nunca más iban a traer aquella crema. De momento solo me limito a desinfectarlos con alcohol. a los tatuajes no les pasa nada. Son los únicos moradores de mi cuerpo que no se quejan. Mi favorito sin duda son estas dos letras griegas que tengo en mi antebrazo. Alfa y Omega, principio y fin. Una chorrada, pero que me inspira mucho mas que el unicornio rosa que tengo en la ingle o la calavera ardiente de mi cuello, entre otros. El dinero que gané ayer en el club, como siempre lo invertiré en drogas. Es lo único fácil que se puede conseguir ahora aquí, en la farmacia ya no venden antidepresivos. En el supermercado el pasillo de bebidas está vacío. Vacío debido a que en cuanto lo reponen se vacío.
En ese momento, llamaron a la puerta. Era el cartero.
Con una tímida y falsa sonrisa le recogí el envió. ¿Una carta? ¿Para mi? Fuí hasta mi sillón y tumbé sobre el con violencia. Abrí la carta. Era la herencia de mi padre. Unos seiscientos dólares. Había muerto. Con mi mente en blanco, recordé que sí. Tenía un padre del que no sabía nada de él desde hace unos diez años. Justo los años que habían pasado desde que me mudé a la Isla.
Por cierto, casi me olvidaba. Me llamo Katherine Agatha. Es solo mi nombre de prostituta de lujo. El otro, nunca lo sabréis.


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