Por mi ventana entraba la noche con su amanecer, el cenicero creando vida y yo matando la mía con los viajes al mundo al que no ves. Los grises y pícaras sonrisas abundan en él, aquel verde me hizo atrapar la verdad; cómo la gran mayoría de ellos. Me pesaba más pensando en mis gramos que en mi alegría, no me quería. Era miedo a ser feliz, tanta derrota me tenía desconcertado. Aquella caladas me ayudaban a encontrarme a mí mismo, aquel niño en su triste jardín creando más preguntas en cada una de sus respuestas. Dibujos animados y eternas tardes de juegos. Todo lo anterior se interrumpía, aún suenan mil gritos en mi interior. Por mucho que apriete los puños y los ojos nunca olvidaré, en realidad nunca se hace. Pocas veces me contaron aquellos cuentos, me los tenía que leer yo solo. Aún retumban los ecos de aquellas fiestas en compañía de mi botella, parecía entenderme; pero solo me causaba más problemas aparte de mis actuales pulmones negros. Restos de la vida, hecha cenizas. Palpaba la soledad tan cerca, que me agarraba a cualquier tontería. Mis labios se han acariciado con muchas tonterías, engañadas en bases de te quiero y todas esas tonterías de encaprichados. Todos mis errores esperan cada año mi maleta rumbo al aeropuerto, olvidando en busca de la distancia. Pero todo sigue dentro, los locos nunca olvidamos. Fui adicto a millones de perdones. Aquella triste promesa del odio a los antidepresivos y somníferos parece haberse esfumado, cómo toda esos rostros perdidos en los volantes de sus coches que nunca han parado de huir. Y yo aquí, resignado no tengo regalo para abrir, exceptuando mi cajetilla de Marlboro. Contemplando el amanecer de Madrid entre el calor de un café y la brisa rebelde que juega con las cortinas. Al menos si que había cumplido un sueño, le tenía a él. Solo esperaba que aquellas noches eternas bajo el techo de Madrid no hubieran sido otros labios ardiendo.
La violencia es bella. Supongo que nos dan mas morbo las cosas tristes, malas, imágenes duras, inteligencia emocional, choque de emociones... Nos hacen sentir a gusto en nuestras cosas y cómodos en nuestras vidas. O nos hunden en la miseria y nos reafirman en nuestra creencia de que el mundo es una mierda.
miércoles, 13 de febrero de 2013
martes, 5 de febrero de 2013
No hay camino ya, solo estelas en un mar. Aquel mar era su bañera. El agua se tintaba de rojo poco a poco, y su sangre iba invadiendo el agua cómo la leche al café hasta que llegan al punto de ser uno solo. En horizontal, que solo te hace llorar. Hacerlo en vertical sería la salida más fácil de todas. Tan fácil cómo sencillo a la hora de hacerla daño, sensible de pasiones puras; o eso dicen. Su comida, aquellas pastillas de Prozac y Tranxilinium. Ya había dejado de ver sus vivos colores, se habían transformado en una rutina gris.
Sus rojas lágrimas dejaban de latir por aquellas líneas paralelas al mismo tiempo que pretendía encenderse aquel cigarro. No tenía fuerzas suficientes para hacer girar la piedra, se habían ido todas por el desagüe.
Sus rojas lágrimas dejaban de latir por aquellas líneas paralelas al mismo tiempo que pretendía encenderse aquel cigarro. No tenía fuerzas suficientes para hacer girar la piedra, se habían ido todas por el desagüe.
lunes, 4 de febrero de 2013
Me voy a por tabaco, tal vez no vuelva nunca.
Me voy a por tabaco, tal vez no vuelva nunca. Tal vez no he aprendido el camino de vuelta, tal vez no quiera ya ni volver. Lo que más me preocupa es mi duda sobre apagar o no las colillas. Una brasa entre los labios me quema la mierda, me hace los suspiros roncos. Lo único que nubla mi vista este espeso humo que parece moverse cada día más y más a cámara lenta. Mi rutina es a tonos grises de nostalgia. Echo de menos esas nubes grises que terminaban empapando mi cara con una sonrisa, puede. Volveré, seguro. Viviré, quién sabe. La rigidez de un cigarrillo depende de cómo sea tratado. Tal vez termine roto, hecho una mierda; o tan impoluto y puro cómo aquél que das la vuelta para pedir un deseo.
No se por qué escribo esta mierda, tal vez sea hipócrita y un débil hundido entre cajetillas de mil marcas, las cuales me han acompañado para escribir esas pequeñas líneas.
No se por qué escribo esta mierda, tal vez sea hipócrita y un débil hundido entre cajetillas de mil marcas, las cuales me han acompañado para escribir esas pequeñas líneas.
miércoles, 16 de enero de 2013
Tengo el corazón roto, nuevamente. Cómo una piedra, cómo una casa abandonada. Sus inquilinos la han abandonado. Eras tú. Tal vez fui muy romántico para el siglo XXI, tal vez mi corazón lata a base de comedias románticas americanas. Solo quiero mi final feliz. Solo quiero hacer el amor con todas mis canciones sonando de fondo. La nostalgia me invade, cómo hoy la lluvia a Madrid. Todo se secará y los charcos se irán, pero las calles siguen empapadas de nuestros recuerdos. Será pasar por aquel rincón dormido de la acera, y ver allí tatuadas nuestras sombras. El tiempo va actuar de rayo láser para borrarnos de allí, pero los recuerdos nunca mueren. Solo los recordamos menos. Solo, intentaré recordarte menos.martes, 15 de enero de 2013
Wintertime Sadness.
Te invade poco a poco, cómo un escalofrío. Llega poco a poco, cómo el amor; o eso dicen. Pero siempre llega puntual, cosa de la que toda persona peca. Llegas igual, Invierno. Empiezas tiñendo las calles de marrón, hasta que un día decides invadirlas de blanco. Blancos como el fondo de nuestros ojos, blanco cómo las nubes cuando está a punto de nevar, blanco como el fondo de nuestros ojos que vieron esas nubes. Tal vez los besos tiritando entre escalofríos bajo la luz abandonada de una farola sean mejor, tal vez busquen tus abrazos. Puede que la ciudad esté mas bella con gotas de lluvia, puede que nosotros paseando por la ciudad la hagamos más bella. Solo estoy seguro que mis lágrimas son fáciles de ocultar bajo la lluvia, que tus besos saben mucho mejor entre los abrazos del gélido viento y que el calor que desprende el café o la brasa del cigarrillo no me lo quita nadie. También se que el Invierno se va a acabando, y da que tú has querido terminar del la misma forma. Sin duda no te necesito, creo. Solo se te necesito a ti, Invierno.
domingo, 13 de enero de 2013
Hoy es Domingo, y los Domingos son días aburridos si no sales a la calle, aunque sea un poco. Los domingos son rutina de estar en casa, en los que las cuatro paredes de tu cuarto son monotonía. Miras por la ventana, no piensas en nada, las letras tristes invaden tus venas, y los cigarros queman las historias de una manera diferente. Tal vez este Domingo pertenezca a esa rutina tras un fin de semana de desenfreno y no hacer nada. Pero la rutina es una droga. Y esta droga nos afecta cada día de formas diferentes. Tal vez hoy piense en ti, en esos besos que me diste para salvaguardarme del frío entre tus brazos y que ayer se rompieron como un vaso contra el suelo al rechazarme. Tal vez sea eso. Tal vez sea un iluso. Tal vez sea un romántico, un soñador y un bohemio en tiempos de valores simples y difíciles. Tal vez lo quiera todo y no quiera nada, solo tengo claro que durante meses te quise a ti, y tú a mi de una manera diferente hasta ayer. Las hostias nos hacen daño, y nos enseñan. Pero de toda hostia la cicatriz se cura y si hace falta te levantas con muletas. Mi ciudad y Madrid vieron nuestros besos, esos sitios se han hecho presentes. Es imposible no recordar un beso tan perfecto en la Gran Vía bajo las luces de Navidad. Es imposible olvidar, porque nunca se hace. Nunca se olvida, solo se recuerda con menor frecuencia ¿Pero de olvidar? De eso se encarga desgraciadamente el Alzheimer, el paso del tiempo, y sustituyendo unos labios por otros. Tus labios ya me están sustituyendo, los míos se muerden solos al recordarte. Tal vez el destino hace la vida más fácil a los vividores y valientes, yo sigo sentado un banco rematando este paquete de cigarrillos y mirando los posos del café pensando en ti, pensando en nada y pensando en nadie. Solo cuento los meses, días o semanas para coger el avión a mi paraíso británico y volver a desconectar más de o que desconecto en Madrid. Solo cuento los días para volver a sustituir nuevamente unos labios.
miércoles, 9 de enero de 2013
Su gorro no llamaba la atención de nadie en aquél marrón bosque. Tenía un pon pon en la punta de color rosa, era su favorito. Marrón bosque, si. No había ni un solo árbol perenne en aquél sitio que ella tanto disfrutaba. Triste, no. Bohemia, amente del café, un buen cigarrillo y el cielo gris de su ciudad. No se escuchaba nada aparte de el chasquido que producían sus pies al pisar aquél sendero difuminado por una alfombra otoñal. No sabía si era principios de Noviembre o finales de Octubre. No sabía la hora ni el día, solo estaba de paso. Lo único que la importaba es que era Otoño, y estaba allí. Sola, en compañía de las cenizas del cigarrillo que se acaba de encender con una cerilla y el calor del termo lleno de café que se había preparado. Café, con leche y mucha azúcar. Las penas hay que tomárselas con dulzura y al menos construir una falsa sonrisa. Ella, no sonreía ni lloraba. Solo pensaba, daba un par de caladas y sorbos al mismo tiempo que miraba las fotos que había tomado en el camino. Eran bien buenas, ya las editaría y subiría en su momento. Adoraba ese sitio y cómo la hacía sentir. Era un nada, parte de un todo. Sacó el mechero y comenzó a quemar una hoja que había arrancado. En ese momento la calle se hizo eco del sonido de la sirena, era una ambulancia. Soltó la hoja en llamas, no era un bosque. O quién sabe, tal vez si.
sábado, 22 de diciembre de 2012
Winter please, be nice.
Invierno por favor, se bueno. Invierno, se bueno y acaríciame con tu frío. Mátame las manos con el calor de un café, o la brasa de una colilla a medio terminar. Disfrutar de esas tardes con complejo de noche, en las que te pierdes por las calles de un centro de Madrid oscuro. Invierno por favor, se bueno. Porque no tengo a nadie con quién compartirlo.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Calles marrones, cielos grises.
Otoño. Esa bella estación en la que las calles se tiñen de marrón y mis manos solo buscan el calor de una taza de café. Otoño. Mi estación favorita tal vez. Por el frío, por los días grises que me recuerdan a Londres, por los jerseys, por tus abrazos, tus besos y tus caricias... Juntos, sentir tu aliento enfrente del mío. Tu calor, es mi calor. Buscar nuestros refugios, o ir por la calle como si no nos importara que está lloviendo. Quizá no me guste mucho el calor o el Sol, y prefiera un buen azote de viento en la cara para evadirme de todo. O simplemente es que soy un antiguo de fotos en blanco y negro, un clásico. Un melancólico. Sea lo que sea, el Otoño, siempre será nuestra estación. Pero espera, no te bajes de ella. Aún me tengo que terminar de fumar este cigarrillo, para dejarme el sabor en los labios que tanto te gusta.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Quizás lloraba, o quizás pensaba. O simplemente no quería pensar, para así no llorar más. Sus ojos ya habían tenido durante muchos años entre batallas, complejo de los canales de Venecia. En ese momento, como si de un rey a punto de abdicar en el trono se tratara, aquel chico estaba sentado en su asiento y su fila indicadas en aquel billete de avión destino a Londres. Puede que hubiera madurado muy rápido, a pasos agigantados privándose de aquella infancia, para ahora darse todas aquellas respuestas él solo. Era uno de esos chicos bohemios, que lloraba a cara descubierta, y mostraba sus sensibles sentimientos. Solo quería mirar hacía adelante, pero parecía tener unas cadenas ancladas al suelo. Ese suelo, esa base; era su pasado, sus secretos de ese pasado. El cual, había sabido taparlo muy bien con un sin fin de actuaciones en la vida, y sonrisas falsas. Los únicos buenos valores que tenía, eran por parte de sus amistades. Aquellas que le habían dado la oportunidad de abrirse y darse a conocer. Sus amigos le definían cómo una buenísima persona. Y todo aquello, era lo que le había dado tiempo a pensar mientras se fijaba en el reflejo de sus rostro plasmado en la ventanilla del avión. Tras esa ventanilla, su ciudad amaneciendo. Madrid. La ciudad de sus sueños rotos, cumplidos, pensados o simplemente soñados en compañía de cigarrillos, y su gente. En aquella había sido valientemente cobarde, simplemente trataba de olvidar. Lo cual se le daba bien, pero aún mejor en Londres. Esta vez, no se sabe bien si iba para olvidar, recordar o empezar algo nuevo. Lo único que sabía, es que la sensación que produce un avión al despegar, es muy parecida a cuando tienes ganas de llorar.
sábado, 24 de noviembre de 2012
La Oreja de Van Gogh.
Sus cafés iban acompañados de cigarrillos y sal, debido a sus ganas de llorar. Sus pies temblaban, se acercaba el final. La vida la había tratado tan mal, que le daba igual ya ganar o perder. Sus escusas no sabían ya ni hablar por ella. Solo recordará las tardes de Invierno por Madrid, esas noches enteras sin dormir. La vida pasa, y sentía que iba a morir de amor al no ver a nadie sentado en su portal sin mirar al suelo ni pensar. No era mala, solo ingenua. Pretendía creer que el mundo estaba a sus pies. Quería construir un mundo a todo color, en blanco y negro. No podía evitar echarle de menos, solo quería verle.
Hay momentos en los que los sueños se hacen realidad, y esos momentos pasan desapercibidos. Se cansaba de hablar con el silencio. Una maleta llena de libros y fotos de una sonrisa junto a la mía la acompañaban en aquella travesía con su abrigo a los hombros; con el cual se durmió. Quería mirar y sentir, se perdía esperando, no le quería perder por morir. Aquel tren que no dormía estaba vacío de sonrisas, pero solo una mirada buscando la suya al bajar en aquel triste apeadero. Le abrazó con el reflejo del Sol del medio día. En el trayecto leyó sus poemas de amor. Le perdió, le buscó, no encontró nada. Le encontró nuevamente a él pensando en ella.
La recibió con un gran ramo de rosas, la última no era de plástico ya que todo tiene fecha de caducidad; hasta el amor. Era un día de pensar, sin pensar en nada en concreto. Apartaba la mirada para no enamorarse de sus ojos. Se conocieron entre silencios. Su cara se empapó, gracias a esas cosas tontas; era así. La esperanza siempre era su medicina. Mientras el Sol daba su último bostezo, se dieron aquel beso. Son baratos y es lo único que calla nuestras húmedas bocas. El amor verdadero, es tan solo el primero. Los demás siempre serán para olvidar.
Por eso era cómo el mosquito tonto de la manada, que seguía su luz aunque la llevara a morir. Le seguía cómo todos esos puntos finales, que adornan frases suicidas buscando su fin. Era una poeta que trabajaba en un banco. Se callaba porque era más cómo engañarse respecto a esas batallas entre razón y corazón. El cine era su escaparate, al igual que esa rosa resignada decoraba su despacho elegante. Por eso siempre le llamaba 'amor mío', al primero que no la hacía daño cuando ya había olvidado. Reducía sus palabras a una iluminada pantalla. Era su medicina real. Escribir. Y en silencio pensaba tan solo en él.
Hay momentos en los que los sueños se hacen realidad, y esos momentos pasan desapercibidos. Se cansaba de hablar con el silencio. Una maleta llena de libros y fotos de una sonrisa junto a la mía la acompañaban en aquella travesía con su abrigo a los hombros; con el cual se durmió. Quería mirar y sentir, se perdía esperando, no le quería perder por morir. Aquel tren que no dormía estaba vacío de sonrisas, pero solo una mirada buscando la suya al bajar en aquel triste apeadero. Le abrazó con el reflejo del Sol del medio día. En el trayecto leyó sus poemas de amor. Le perdió, le buscó, no encontró nada. Le encontró nuevamente a él pensando en ella.
La recibió con un gran ramo de rosas, la última no era de plástico ya que todo tiene fecha de caducidad; hasta el amor. Era un día de pensar, sin pensar en nada en concreto. Apartaba la mirada para no enamorarse de sus ojos. Se conocieron entre silencios. Su cara se empapó, gracias a esas cosas tontas; era así. La esperanza siempre era su medicina. Mientras el Sol daba su último bostezo, se dieron aquel beso. Son baratos y es lo único que calla nuestras húmedas bocas. El amor verdadero, es tan solo el primero. Los demás siempre serán para olvidar.
Por eso era cómo el mosquito tonto de la manada, que seguía su luz aunque la llevara a morir. Le seguía cómo todos esos puntos finales, que adornan frases suicidas buscando su fin. Era una poeta que trabajaba en un banco. Se callaba porque era más cómo engañarse respecto a esas batallas entre razón y corazón. El cine era su escaparate, al igual que esa rosa resignada decoraba su despacho elegante. Por eso siempre le llamaba 'amor mío', al primero que no la hacía daño cuando ya había olvidado. Reducía sus palabras a una iluminada pantalla. Era su medicina real. Escribir. Y en silencio pensaba tan solo en él.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
No quiero amor, solo quiero alguien a quién encenderle los cigarros.
No quiero amor, solo quiero alguien a quién encenderle los cigarrillos. No quiero amor, solo quiero besar a alguien sin miedo a perder esos labios. No quiero amor, solo quiero hacer largas sesiones de fotografías al lado de alguien. No quiero amor, solo quiero dar tumbos por Madrid. No quiero amor, solo quiero compartir todas mis canciones con alguien. Mi problema, la impaciencia. Mi problema, la desesperación. Mi problema, las hostias. Mis problemas, la ausencia de ese alguien. Mi problema, que quiero amor.
martes, 20 de noviembre de 2012
Sustituimos los besos, sustituimos las personas, sustituimos los recuerdos, sustituimos las caricias, los sustituimos todo. Quizá sea por que la vida sigue, y nos empeñamos en olvidar todo lo que nos hizo sonreír en un pasado. Por que de los recuerdos no se vive, y se vive del presente. Pero, ¿quién se acuerda del pasado? El pasado es solo nostalgia, es esa sensación de vacío que te entra en el corazón cuando te hacen recordar una cosa bonita del pasado y la acompañas de con una media sonrisa tras haber recordado todo aquello. Eso, es sustituir. Y sustituir es recordar. Recordar que somos lo que fuimos, que besamos por que alguien nos besó, y conocemos gente nueva por que ya hemos conocido a nuestros actuales amigo en su día. Somos una caja en la que entran y salen historias, como sustitutos de los recuerdos.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Solo olvidaba viajando, solo viajaba a Londres. Se conocía todos sus recovecos de memoria, al igual que los de Madrid. Pero en ese breve fin de semana, estaba acompañado. Acompañado de besos, caricias, sonrisas, miradas, y todo tipo de ñoñerías románticas para imaginar. Le quería, si. Por siempre, tal vez. Tal vez los 'para siempre' dan miedo. Dan miedo por la juventud, por la madurez, o por que no es es amor si no capricho, quién sabe. En ese preciso momento el se detenía en Westminister. Los dos salían de la mano, ajenos del resto y sus miradas que pocas eran comparadas con las de Madrid. Las vistas al Big Ben, al Támesis, el London Eye, el boulevard del río, los árboles verdes y ese inconfundible olor a mar y ambiente húmedo que caracteriza Londres. Apoyados en el bordillo de aquel antiguo puente, se besaron.
Besaba por que era lo que sentía, sus labios con otros labios que pronunciaban 'te quiero' de forma incondicional. En ese momento sacó su vieja cámara Canon analógica en honor a lo vintage, y se fotografiaron para el recuerdo de aquel viaje a Londres. Ahora, cada uno, o quién sabe, solamente uno recuerda ese viaje mirando aquella fotografía en compañía de lágrimas, cigarrillos y vodka.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Quizá fue el ser humano quién creó el universo de la soledad, un buen o mal invento. Depende de cómo lo queramos ver. Nadie nos escucha mientras hablamos con nosotros mismo, pero sin embargo siempre nos preguntaremos en que estará pensando en la persona que tenemos al lado. Nuestra mente piensa sola, en una búsqueda sin sentido. todo pasa a través de nosotros. Cómo si fuera una estadística, siempre buscamos al resto. Estamos solos, cómo un satélite en órbita a la Tierra. Hay noches en las que nos sentimos más solos que un astronauta, mandando llamadas de emergencia alguien sin respuesta. Perdemos cuando nos quedamos sin nada, pero sin embargo siempre formaremos parte de un todo. Me gustaría dejarme caer dando vueltas y vueltas, que todo cesara. Estamos enfermos de silencio. Qué habremos hecho, habrá millones de personas y nos conformamos con nuestro puñado. Pero somos únicos en desconectar de todo en nuestra cabeza. Nos recreamos en nuestros gritos de silencio, de gravedad cero. Necesito bajar, y abortar esta misión ahora. Todos cuando estamos solos nos olvidamos del resto, pero el resto nunca de nosotros. Si escuchas mi voz, ven y sálvame.
sábado, 3 de noviembre de 2012
Cansado un poco de todo, y un bastante de nada; decidió irse a su sitio favorito de Madrid. Aquella azotea era su pequeño mundo con la banda sonora personalizada de sus cascos. Se veían todos los rascacielos, las calles importantes, la gente... Lo observó todo. Y observó cómo el ser humano había construido todo aquello en base... ¿A? En base a su felicidad. Una felicidades entre vigas de acero, ruido, gritos, personas, historias, tecnología. Su abuela siempre le decía que siempre hubo un tiempo pasado mejor. Y la verdad, es que no se equivocaba. Miraba toda aquella ciudad en el esplendor de su inmensidad y su todo, pero tambien miraba todo aquello. Y la verdad es que todo aquello era artificial. Bajó rápido las escaleras de emergencia, y arrancó su coche al mismo tiempo que se encendía un cigarrillo y sintonizaba su emisora de radio favorita.
Dirección, lejos. Camino, la primera autopista más cercana. Objetivo, el campo. Tras una larga hora entre historias, recuerdos, un par de cigarrillos más y la banda sonora de la radio; llegó a su meta. Salió de su coche y corrió lo más lejos posible. Sin nada, absolutamente nada. Solamente ella, y la plenitud del campo alejado de todo aquello que había dejado atrás. Lo mejor de todo, es que se había dado cuenta, que allí era feliz. Y como siempre, sonreía.
viernes, 19 de octubre de 2012
— Hola.
— Hola amor.
— Bueno, hoy ha llegado el día. Ni sabes las ganas que tengo de... Olerte, escucharte la voz, tocarte... No te haces la idea.
— Si, enserio. Yo más de lo mismo, ya sabes.
— Bueno, cómo dijimos en Plaza de España a las seis de la tarde, ya sabes. En la fuente ¿vale?
— Vale, muchos besos. Te quiero.
— Y yo, mucho mucho más nena.
Se desconectó del chat rápido, cómo hacía siempre.
Ella, estaba que saltaba de alegría. No podía creerse que ya hubiera llegado ese día. Dios, dios, dios... No para de repetir lo mismo en su interior reprimiendo sus saltos de alegría. Su sonrisa, era permanente. Sus sueños, sus ganas de que esa realidad artificial se iba a hacer real. Besos en persona, abrazos oliéndole, mirando cada uno de sus poros, de sus pensamientos, imaginado historias; un futuro por crear.
Comió la comida lo más rápido que pudo, y se dedicó toda la hora de la siesta en combinar cada uno de los modelitos que tenía en su gran armario. Al cabo de una larga hora comparando y pidiendo opinión a sus amigas, se declinó por el vestido corto que se compró en esa céntrica calle de Londres y un pequeño bolso de tachuelas. La altura de sus botas, la llevaban al cielo. Bueno, ella ya estaba en su cielo; obviando el mundo. Estaba en su mundo.
En el metro, no paraba de mirar su reflejo en el cristal de enfrente en el vagón. Solo sonreía, solo y únicamente. Contaba las estaciones con nerviosismo, miraba la hora, el móvil... Aquél traqueteo del tren, el abrir y cerrar de puertas, la megafonía, la gente que siempre miraba creando sus historias... Ese túnel se le hacía eterno.
'Próxima estación, Plaza de España'. Era el momento, era su momento. Subió por las interminables escaleras mecánicas esquivando a todo el mundo. Aprovechó el pequeño reflejo de la puerta de salida a la calle para volver a mirarse, por enésima vez. Si, estás guapa. Se repetía una y otra vez. El poco viento que soplaba ese día en Madrid levantaba un poco el vestido.
'Próxima estación, Plaza de España'. Era el momento, era su momento. Subió por las interminables escaleras mecánicas esquivando a todo el mundo. Aprovechó el pequeño reflejo de la puerta de salida a la calle para volver a mirarse, por enésima vez. Si, estás guapa. Se repetía una y otra vez. El poco viento que soplaba ese día en Madrid levantaba un poco el vestido.
Quedaban quince minutos para la hora de la cita, pero ella ya estaba sentada en el borde de aquella fuente. El salpicar de los chorros mojaba levemente su melena, perfectamente alisada el día anterior.
Miraba la hora cada medio minuto, medio segundo. Los minutos pasaban, era la hora. Se levantó, y se volvió a sentar. Decidió ir un momento al Starbucks de enfrente a por un expreso el cual llevó hasta el borde de la fuente para beberlo. Seguían pasando los minutos, los dos minutos, tres minutos, cuatro, cinco, seis... ¿Y él?
Tranquila, un pequeño retraso lo tiene cualquiera. Miró al cielo. Si, el tiempo había acertado; esa tarde iba a llover. Miró la hora, tras media hora interminable de mirar y mirar más la hora.
Miraba la hora cada medio minuto, medio segundo. Los minutos pasaban, era la hora. Se levantó, y se volvió a sentar. Decidió ir un momento al Starbucks de enfrente a por un expreso el cual llevó hasta el borde de la fuente para beberlo. Seguían pasando los minutos, los dos minutos, tres minutos, cuatro, cinco, seis... ¿Y él?
Tranquila, un pequeño retraso lo tiene cualquiera. Miró al cielo. Si, el tiempo había acertado; esa tarde iba a llover. Miró la hora, tras media hora interminable de mirar y mirar más la hora.
Estaba desesperada. Encendió el Twitter, el Whatsapp, Tuenti... todo. Le buscó... y no estaba en ningún lado. No estaba en ningún lado. Guardó el móvil al mismo tiempo que una gota asomaba por su moflete perfectamente maquillado. Quién sabe, a lo mejor nunca había estado en ningún lado. O quien sabe, que a lo mejor nunca había hablado con nadie, o con ni si quiera él. Tanto tiempo, tanto desperdicio... Se llevó las manos a la cabeza. Se despeinó, todo le daba igual. Bueno, todo no. Ella, no se daba igual. Si, había caído en un engaño. Al menos, le quedaba un cigarro por fumar al mismo tiempo que terminaba su café, llamaba a sus amigas para quedar, y empezaba a llover mojando toda su mentira.
domingo, 14 de octubre de 2012
martes, 25 de septiembre de 2012
Había vivido felices, si. Viven felices, si. Pero aquel pub, no cambió nada en esa temporada. La misma camarera arrogante, y las mismas cervezas frías acompañadas de unos insípidos cacahuetes sin sal. Habían pasado quince años. Quince historias, quince momentos, quince vidas. Pero en ese periodo, ninguno de los dos olvidaría aquella promesa de volver a verse en 1973, por, quien sabe, si se acaba el mundo; o por el simple hecho de charlar un rato, o lo que quieras tú pensar. Aquel hombre ya entrado en años, hacía el mismo viaje de madrugada cada año, recordando como el amor de su vida, le dijo aquella noche, que no le quería ver nunca más.
martes, 18 de septiembre de 2012
Aquella fiesta era sublime. Todos reían, todos hablaban de temas de actualidad, camareros, barra libre, el jardín lucía en todo su esplendor de media noche. Las señoras, por un lado. Sus charlas alegres, basadas en noticias de prensa amarilla de la 'jet set' del momento. Cada una, con un vestido que superaba al anterior, en dinero. Todas las marcas imaginables, se podían ver como si se tratara de una pequeña pasarela en aquel jardín de aquella mansión. Los hombres, también trajeados, abordaban temas de actualidad económica o deportiva. Conversaciones, si, pero llenas de falsa risa e hipocresía por doquier. Ella, no aguantaba más. Se retiró de un grupo en el que ni prestaba caso a la conversación y se limitaba a sonreír, y asentir. Estaba sola, metida en sus sentimientos hasta el punto de llorar. En aquella apartada silla del jardín, podía ver a su marido. Él, era el centro de un corrillo formado por mujeres sonrientes y sus correspondientes maridos que le seguían el hilo de la conversación. No aguantaba más. Se desabrochó las apretadas cremalleras de su vestido, encendió un cigarrillo en una mano, y en la otra terminó de beber la última copa de champán de aquella noche. Sin despedirse de nadie, ni su marido, salió de aquella mansión. Cogió su coche, y huyó. No aguantaba más aquella vida amueblada al gusto de sus padres en un pasado, con unas estrictas normas, protocolo, y sobretodo, dinero. No cogió la autopista de vuelta a casa, no. Terminó tirándose con el coche por los acantilados de aquella zona costera. Murió, victima de la cúspide de nuestro sistema.
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